Los importantitos

gatoleon

Leíamos recientemente en las noticias que más de 1.200 cargos autonómicos disponen de coche oficial –con su chófer correspondiente. El coche más utilizado no es, evidentemente, un cómodo y barato utilitario, sino el flamante Audi 8. A esos 1.200 coches hay que sumar, naturalmente, los del resto de las Administraciones Públicas (estatales y locales). Sin ir más lejos, el siempre sospechoso Alcalde del pueblo donde vivo (Torrelodones), de apenas 20.000 habitantes, gusta de pasearse con su chófer y su siempre reluciente BMW oficial por un pueblo que podría recorrer andando. Hay quién dice que en España hay unos 30.000 coches oficiales, tantos como en Estados Unidos (casi 7 veces el número de habitantes de nuestro país). Personalmente pienso que es un caso, uno más, de despilfarro del dinero público que, lejos de beneficiar a los ciudadanos, sólo sirve para inflar la pequeña personalidad de los políticos que nos representan.

Llevando la reflexión al ámbito de la empresa encontramos su equivalente a través de la figura de los Importantitos: Especie profesional que habita en los despachos de la mayoría de las empresas y que se caracteriza por el continuo ejercicio de acciones encaminadas a engordar su ego. Ésta tendencia sería ridículamente irrelevante si no fuera porque, al hacerlo, perjudican a las empresas que les pagan. Y a los profesionales que los soportan. Perjuicios que afectan de forma directa al ambiente laboral o la propia imagen de sus empresas.

Reconozca a los Importantitos de sus organizaciones: son incapaces de comunicarse con nadie (excepto, claro está, con sus jefes) si no es a través de su secretaria (o secretarias), llegan siempre tarde a sus reuniones (excepto, claro está, si asisten sus jefes), gustan de hacer esperar (sólo porque sí) a sus visitas, disponen de su agenda y de las demás de forma caprichosa y desconsiderada,… Absurdo, ¿verdad? Pero lo es aún más teniendo en cuenta de que no obtienen, ni ellos ni sus empresas, ningún beneficio por esa forma de actuar. Al hacerlo, únicamente su pequeño ego da saltitos de alegría.

Que conste que no cuestiono su valía profesional. Muchos de ellos son buenos profesionales. Muchos han trabajado muy duro para llegar a tener un despacho y una secretaria (figura que respeto y considero importante). El problema es que, cuando han alcanzado una cierta posición de relevancia, el ejercicio de un cierto poder ha transfigurado su ego hasta convertirlos, en muchos casos, en una caricatura de si mismos. Una mutación que daña. Un perjuicio que es tolerado de forma absurda en las empresas. Quizá porque en muchas ocasiones los Importantitos tienen como jefes a otros Importantitos que moran en despachos más grandes.

Pero en esta historia existe un suceso extraño que extraigo de mi propia experiencia. A lo largo de mi carrera profesional he tenido la fortuna de encontrarme con grandísimos profesionales, excelentes líderes. Juan Soto (Hewlett-Packard) o Paco Román (ex-HP y actualmente Vodafone) , José María Castellano (antes en Inditex y ahora en Ono), … Profesionales reconocidos, que ejercen importantes responsabilidades. Podrían, por ello, manifestarse de forma arrogante. Sin embargo, todos ellos actúan desde la humildad, la cercanía, la más estruendosa normalidad. Lejos de inflar su ego con formalidades absurdas prefieren reforzar el ego de los profesionales que tienen a su alrededor. Lejos de aparentar, son. Porque los importantes no necesitan aparecer como Importantitos.

De vez en cuando te encuentras un ex-Importantito. Ha perdido el trabajo y te pide ayuda. Llega a la cita puntualmente, cita que no ha sido fijada a través de una secretaria, cita que no ha sido cancelada en varias ocasiones. Su pequeño ego ya no pega saltitos. Quizá solo se pregunta cómo pudo haber sido un ego tan egoísta.

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