Recuerdo un antiguo chiste que calculaba el número real de personas que trabajan en este país. Empezaba sustrayendo del total de la población activa aquellos trabajadores cuya aportación real a la economía era mínima o inexistente (prefiero no enumerar esos colectivos para no herir esos -ya de por sí- sensibles colectivos). Los números que se utilizaban en la cuenta eran exagerados (para eso es un chiste), pero la conclusión después de hacer los cálculos era: «¡Al final, trabajamos sólo tú y yo!» Un chiste suele ser la exageración más o menos disparatada de la realidad. Creo que éste era también el caso.
Acabo de leer que un millón de personas deja de ir a trabajar cada día por enfermedad. Aproximadamente un 6% de la población activa. Si sumamos las cifras de desempleo a las del absentismo empezamos a llegar a unos datos terroríficos. Empiece usted a sumar otros colectivos cuya productividad es dudosa y, si nos descuidamos, llegamos a las cifras del chiste.
Un millón de personas. Las cifras del absentismo en otros países no llegan al 1%. Una educación basada en valores es el fundamento que reduce en esos países la tentación de quedarte en casa cuando puedes ir a trabajar (por cierto, ¿cual es la tasas de absentismo de los maestros -incluidos los profesores universitarios-, de aquellos que deben, junto con los padres transmitir esos valores? Pero no hay que irse a otros países: el absentismo de los autónomos es bastante inferior al 1%. Sobran las palabras, ¿no?
Las personas enferman, claro que sí. El sistema social debe protegerles y cuidarles. Una persona -suficientemente- enferma no puede ir a trabajar. Pero no me refiero a ellos. Estoy hablando de los absentistas, enfermistas profesionales que se aprovechan de las debilidades del sistema para defraudar a las entidades que les pagan. Personas que aprovechan cualquier excusa, real o figurada, para no acudir a su puesto de trabajo. Profesionales del fraude. Del escaqueo. De la irresponsabilidad.
Digámoslo claro: los absentistas son insolidarios. Amparados y defendidos por los sindicatos, organizaciones humanas creadas alrededor del principio de la solidaridad. Los absentistas traspasan su carga de trabajo a sus compañeros o a la sociedad. Dedican su energía a encontrar excusas para justificar su comportamiento pero no la emplean para ir a su puesto de trabajo. Para hacer aquello por lo que les pagan: simplemente, trabajar.
Sí, sí. Ya sé que las empresas (o los organismo públicos) no son perfectos. Que muchas veces construimos sistemas desmotivadores que eliminan la ilusión y las ganas de hacer cosas. Pero no se engañe: no es una excusa. A los profesionales nos pagan por ir a trabajar. Vendemos nuestro tiempo y nuestra productividad por un salario. No ir a trabajar (cuando se puede) es robar.
Y sí, la responsabilidad fundamental es de aquellos que hacen las leyes. No reformar éstas para conseguir una mayor productividad, un mayor rigor, un mayor incentivo para fomentar la responsabilidad individual y colectiva me parece gravísimo. Especialmente en un país que se desangra en una economía que requiere importantes cambios. Como por ejemplo establecer sistemas rigurosos de control del absentismo y fomentar normas que ataquen las causas del mismo.
Pero claro, los señores y señoras que aprueban las leyes son los señores y señoras diputados. Esos que son famosos por su absentismo.

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