
No apareces en las páginas salmón de los diarios económicos. No concedes entrevistas a periodistas que quieren explicar a los demás cómo ser como tú. No
trasmites tus conocimientos (aunque los atesoras en mayor cantidad que nadie) en prestigiosos centros del saber empresarial. Nadie escribe libros donde te pone como ejemplo, aunque sin profesionales como tú las más sólidas empresas se desvanecerían como livianos castillos de naipes.
Sin embargo, eres la clave para que las empresas funcionen. Las buenas y las menos buenas. Porque a pesar de que los méritos se los llevan otros, tú perteneces a esa clase de profesionales que producen más resultados, genera menos problemas y necesitan menos supervisión. Y lo haces de forma callada, alimentando tu motivación sólo a través de tu enorme sentido de la responsabilidad.
A veces te toca aceptar como otros con menos méritos son promocionados. Gente que se ha preocupado más por agradar a su jefe que por hacer su trabajo. Profesionales que son relaciones públicas de si mismos, a los que les cuesta poco engañar a sus jefes. Porque sus jefes son como ellos. Ni siquiera te alegras cuando su estela se va agotando. Ni siquiera te enojas porque el mérito de tu trabajo se lo atribuyan otros cuyas únicas virtudes son las de parasitar el mérito ajeno.
Sí, claro que sí, te gustaría tener más reconocimiento. Por supuesto que te agradaría que tu compensación reflejara mejor la contribución real que le proporcionas a tu empresa. Pero cuando llegas a tu puesto de trabajo ese malestar casi se olvida y te vuelves a centrar en lo que tienes que hacer, en lo que debes hacer.
Aunque hay empresas que sí te valoran. Prefieren rodearse de hombres y mujeres capaces que puedan desarrollar su trabajo en un ambiente que valore los resultados y no las conciencias políticas. De hecho, son empresas que alimentan el deseo de sus profesionales por alcanzar sus metas ofreciendo carreras basadas en proyectos y no en galones. Lo extraño es observar que, todavía hoy, esas empresas de envidiables resultados siguen siendo la minoría.
Pero que no se engañe nadie: eres ambicioso, muy ambicioso. Pero tus objetivos no se consiguen en función de los escalones que subes en tu carrera profesional ni las cabelleras que tienes que cortar para que tu nombre sea pronunciado cada vez con más respeto. Simplemente, trabajas por satisfacer a las personas que en algún momento han confiado en ti.
Aunque, realmente, lo que te enoja es que te tomen por tonto. Puedes pasar (casi) por alto que te traten con injusticia, cuando tu empresa da más a quién merece menos. Pero no toleras que te engañen o que te traten como un niño. Que se confunda la humildad con la ingenuidad.
Eres, simplemente, un buen profesional. Mi reconocimiento y mi agradecimiento. Sé que no los necesitas, porque a ti te basta con hacer bien las cosas. Pero quiero aprovechar esta columna para, públicamente, pedirte disculpas por no haber reconocido suficientemente tu trabajo cuando me he cruzado contigo como cliente o colega. Me descubro ante ti, un poco cegado por tu brillo, mi admirado hombre invisible.
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